Desde que murió mi terapeuta, alias Normi, adopté la extraña terapia de caminar horas por esta ciudad hablando con el aire. Hablando para afuera, claro, porque nunca e slo mismo pensar y contestarse, que pronunciar lo que pensamos y escucharlo en voz alta. Fue ahí, en Av. Córdoba, a la altura del Sólo Empanadas cuando un señor, digo señor porque llevaba traje y tenía 33, me preguntó si me gustaba el sushi. Mentí para matar toda posible conversación. Seguí camimando hasta la próxima esquina donde nuevamente me paró un semáforo. Volvió a aparecerse el señor con su amigo. Insistió "y la pasta?", "la pasta sí" contesté, y seguí caminando. Veía su sombra y la de su amigo, caminando a un metro para atrás. Apagué la música, a ver si estaban hablando de raptarme o algo así. Sólo hablaban de pastas. Me hice la distraída pero miré de reojo unas 3 veces, porque para mi sorpresa, este señor era bastante lindo.
Volví a frenar en Gallo y ahí, en una parada de colectivo, se atrevió a invitarme a cenar. Me negué, mentí estar apurada. Volvió a insitir. Me negué, dije no confiar en extraños. No me creyó, volvió a insistir. Le pregunté si no le parecía desubicado invitar a salir a una chica que podría ser su sobrina. Se defendió argumentando que sus padres se llevan diez años y que no tiene sobrinos. A esta altura ya me había sacado el nombre y la edad.
" te agradezco, pero no es el momento"
Me miró extrañado y me preguntó cual era el momento si no lo era para mi la primvera. Me reí. me preguntó si no me intrigaban los treintañeros. Me lo plantié. La verdad es que sí. Así que acepté.
Definitivamente no se decir que no.
Y ahora, un extraño más tiene mi celular.
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