miércoles, 1 de octubre de 2008

El treintañero

Me había dicho qe nunca mas pasaría a buscar a un hombre en auto. Pero tampoco me siento cómoda siendo retirada de mi hogar, como si fuese una muchachina de los 50. Así que quedé en una esquina, lo suficientemente poblada como para si sufría un arrepentimiento crónico, poder huír sin ser vista. Llegué puntual, porque soy puntual. Odio la impuntualidad, aunque según mi madre es un rasgo de la histeria que debería implementar a mi edad. En fin.
Entramos, comimos, pidió un vino. Sabía de vinos, y eso, según mis amigos varones, es bueno. Charlamos, comimos, reímos. El se reía mas que yo, encontrando divertidos mis problemas. Yo me reía un poco menos, pero la pasaba bien igual. Caminamos, tomamos un helado. Le expliqué que sólo doy la mano cuando tengo ganas porque sino me da impresión. Le causó gracia y amenazó que iba a tener que pedirle por favor. Tres cuadras adelante, estábamos de la mano. Me da verguenza caminar de la mano y más con alguien que no conozco. Pero a veces la vida tiene estas cosas, y a veces es hora de empezar a comer carne y otras de pintarse para salir a la calle, y otras para caminar de la mano. Nota: se pone del lado de la vereda porque aprendió de su padre a ser caballero y cortés. Fah. Los treintañeros no son los veinti.
Dice que ya se enamoró porque no conoce a una mujer que se ría con Groucho Marx y que no sepa dónde nació San Martín. No tuve buena historia en la primaria, y aparte , no retengo datos que no me importan. Mis ofensivas también le parecieron tiernas.

Por las dudas ya inventé un viaje a la costa el fin de semana, recurso que utilizo ultimamente, y juzgué a mi celular de inútil. Un gran por las dudas.
Una mentirosa compulsiva.
La paranoia de los que no sabemos decir que no.
Y a dormir
chau

1 comentario:

Anónimo dijo...

ahhh no saber decir que no
decimelo a mi!!! decimelo a miiiiiiiiiiiiiiiiiiii