Mis últimas experiencias de mañanas subtarraneas fueron traumáticas. A tal punto que hoy decidí soportar, una hora y media, el calentamiento global dentro del 64. Cuando hace calor tenemos que aprender a ser mas tolerantes con las camisas transpiradas de los hombres que llevan un par de pelos en la espalda. Es por una cuestión de convivencia. Mientras me toqueteaban cuerpos sudados y mi mano impregnada de olor a caño, no podía dejar de pensar en lo tarde que llegaba. Decidí cerrar los ojos y entregarme a la suerte de plaza once. El colectivo dobló inesperadamente. No debía doblar. En cinco minutos ya estaba en un lugar que apenas reconocía. Me bajé, enloquecí, compré una coca light. Aparentemente, no debía bajar, simplemente se estaba ahorrando dos cuadras de tráfico. El se las ahorró y yo tuve que invertir en dos boletos.
Llegué tarde y acalorada. A nadie le importó mi impuntualidad, esas son las virtudes del mate con galletitas.
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