Es infaltable en mis relaciones nene-nena, el momento en el cual me convierto en el hombre treintañero autosuficiente que se hartó de su minita histérica y prefiere una punta copada, sin rollos, sin historia, como diría Eric de Montaña Rusa.
Que paja me dan, loco.
Les hemos quitado toda masculinidad.
Han quedado reducidos a un cuerpo necesario, a un alma asexuada, sin espíritu de guerra, de conquista. Por lo menos que guerreen y no den bola. Que se ubiquen en los roles preestablecidos hace siglos por un rato o al menos que configuren algo nuevo y excitante.
Ni malos vienen. Son una cagada.
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