domingo, 14 de junio de 2009

Gorro de Lana

Todo habìa surgido de un gorro de lana que la llevaba a dar vueltas por el mundo. Con ese gorro, pensaba, debo salir a tener frío.

Estaba parada como podía. Sus piernas temblaban y ella, revolviendo la cartera, confiaba en que la aparición de algún objeto inservible pudiese contenerla o animarla. Un rouge, un delineador, un papelito con la dirección del ginecólogo con el cual había tenido cita el jueves, un espejo, las llaves, un monedero vacío y una billetera con fotos 4 x 4. Todo revuelto y lleno de tabaco.

El frío le daba espasmos, lo cual perfectamente podía pasar por amor desesperado. Es muy difícil despejar sentimientos cuando las variables clima, salud y otras hierbas, invaden lo esencial.

Pensaba que la gente se daría cuenta de su ridícula situación: parada esperando a nadie.

Esperando nada. Sabiendo la no llegada. Y aun así parada. Trabada. Frenada. Necesitando exponer la situación real de su alma. Parada, helada, en un pasillo oscuro entre la calle y el cielo, cargando objetos que nunca dan respuestas. Sólo necesita respuestas.

De nuevo sola y fumada en la noche de Buenos Aires. Intentando extirparse los demonios de la autoexigencia. Qué tanto. Intentaba recordar quien le había dicho que debía ser perfecta.

Hilaba historias en las cuales no había dado el brazo a torcer. Nunca. Nunca jamás. Pero eso ya no la hacía sentirse segura, sino bastante pelotuda. Sostener determinadas posturas durante toda su vida le costó caro. Aproximadamente todas sus ilusiones.

Imaginaba que le contaba a alguien nuevo la historia mal armada de su existencia. La desprolijidad con la que se había manejado y el caos que experimentaba actualmente. Se aburría de esa historia y decidía contarle una mejor, la distancia que hay entre su realidad y su potencial de ser humana. Esa nunca aburría. Pero después de esa quedaba en evidencia una peor aún. La historia de sus errores y lo poco que aprendía ella, tan omnipotente, de ellos, que sólo eran para ella.

Pasaron 20 minutos. Nada llegaba ni llegaría en un futuro próximo. Si seguía en su demencia hablando sola, se le congelarían los deditos del pie.

Volvió a su casa. Y se volvió a ir. Y volvió a volver. Y siempre igual. Sin saber donde quiere estar o dónde está lo que busca y no encuentra.

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